Cuando pensamos en la palabra “adicción”, automáticamente la asociamos al uso de sustancias como el alcohol, las drogas ilegales o medicamentos con potencial de abuso. Sin embargo, el concepto de adicción ha evolucionado en los últimos años, y hoy sabemos que para desarrollar una dependencia no es necesario consumir una sustancia química. Las adicciones conductuales son una forma silenciosa de adicción que puede tener consecuencias tan graves como las adicciones químicas.

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¿Qué son las adicciones conductuales?

Las adicciones conductuales, también conocidas como adicciones sin sustancia, son trastornos en los que aparece dependencia de una actividad o comportamiento específico. Esta actividad, al principio placentera o incluso socialmente aceptada, se convierte en una compulsión que interfiere con la vida cotidiana del individuo.

A diferencia de lo que ocurre con las sustancias, en este tipo de adicción no hay una droga que se introduce en el cuerpo, sino una conducta repetitiva que activa los mismos centros de recompensa en el cerebro, particularmente los relacionados con la dopamina, el neurotransmisor del placer. Esta activación genera una sensación provisional de satisfacción pero progresivamente la persona necesita repetir la conducta con mayor frecuencia o intensidad para obtener el mismo efecto.

Las adicciones conductuales pueden adoptar muchas formas. Por ejemplo, la ludopatía es una de las adicciones conductuales más conocidas y está reconocida oficialmente como trastorno mental por la Organización Mundial de la Salud y los manuales diagnósticos como el DSM-5. Quienes la padecen sienten la necesidad incontrolable de apostar, aun cuando les cause problemas económicos, familiares o legales.

También encontramos en este grupo la adicción al sexo y a la pornografía, que se caracteriza por la necesidad compulsiva de tener relaciones sexuales, consumir pornografía o involucrarse en actividades sexuales, a menudo como forma de aliviar las emociones negativas que surgen al no realizar la conducta. Puede llevar a la persona a descuidar su vida personal, profesional y emocional.

Con el auge de la tecnología, cada vez es más común la adicción a internet y redes sociales. Esta forma de adicción se ha disparado, especialmente entre adolescentes y adultos jóvenes. Incluye pasar horas navegando, revisando notificaciones, jugando en línea o consumiendo contenido, lo que puede llevar a aislamiento, bajo rendimiento académico o laboral y alteraciones en el estado de ánimo. La incorporación del llamado scroll infinito y los algoritmos que potencian sin medida la captación de la atención son un riesgo importante para cualquier grupo de edad que use las pantallas.

También entrarían en este grupo de adicciones conductas rutinarias del día a día, como trabajo o el deporte. Aunque socialmente se valora la productividad, el exceso puede convertirse en una adicción. El «workaholic» trabaja sin descanso, incluso cuando su salud, relaciones y bienestar se ven afectados. Es una adicción que la sociedad incluso puede disfrazar de “virtud”. El deporte y la actividad física son saludables, pero susceptibles de transformarse en algunos casos en una obsesión. Quienes padecen esta adicción pueden llegar a ejercitarse varias horas al día, ignorar lesiones o descuidar otras áreas de su vida.

¿Cómo funcionan las adicciones conductuales?

Las adicciones conductuales comparten muchas similitudes con las adicciones químicas en cuanto al funcionamiento del cerebro. Ambas activan el sistema de recompensa, especialmente áreas como el núcleo accumbens, que está relacionado con la motivación y el placer. La dopamina juega un papel crucial: a medida que el comportamiento se repite, el cerebro “aprende” que esa actividad es gratificante y refuerza su repetición, a pesar de las consecuencias negativas.

Con el tiempo, se genera una tolerancia psicológica. Es decir, se necesita realizar más veces  y con mayor intensidad la conducta para obtener el mismo nivel de satisfacción. Al intentar frenar esta evolución pueden aparecer síntomas de abstinencia emocional: ansiedad, irritabilidad, insomnio, entre otros. Debemos tener en cuenta que existen factores de riesgo que pueden aumentar la vulnerabilidad: antecedentes familiares, problemas emocionales, falta de apoyo social, eventos traumáticos o la necesidad de nuevas sensaciones.

Detectar una adicción conductual a tiempo es clave para evitar consecuencias mayores. Algunas señales de alerta serían los pensamientos obsesivos sobre la conducta, la necesidad creciente de dedicar más tiempo a la actividad, el descuidar responsabilidades, relaciones o intereses para dedicar más tiempo a la conducta, los sentimientos de culpa o vergüenza después de realizar la actividad, la mentira a familiares o amigos sobre el tiempo invertido en la actividad y su uso para escapar de emociones negativas.

Las consecuencias pueden variar según el tipo de adicción, pero en general afectan seriamente diferentes áreas de la vida. Primero, la salud mental, con un aumento de la ansiedad, depresión, trastornos del sueño y/o trastornos alimentarios. Le siguen las relaciones personales – distanciamiento, rupturas, conflictos familiares -; la economía – deudas, bancarrotas, problemas legales -; el bajo rendimiento académico o laboral y, por último, la pérdida de autoestima.

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Las adicciones conductuales son una realidad que muchas veces se pasa por alto, pero que está presente en la vida de millones de personas en todo el mundo. La compulsión por repetir una conducta, aun cuando ya no se disfruta o causa sufrimiento, es una señal clara de que algo no va bien.

Reconocer la existencia de estas adicciones, entender su funcionamiento y ofrecer espacios seguros para hablar de ellas es clave para poder prevenirlas y tratarlas a tiempo. En Intastur te ayudamos a recuperar el control y volver a tener una vida equilibrada, saludable y plena.

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